Quise escribirte tantas veces,
mientras el café se enfriaba
mis manos te añoraban,
nunca han sentido las tuyas
pero aun así lo he soñado.
Y sin pensarlo mucho
estoy aquí, escribiendo por ti,
para ti...
Mis emociones han colisionado entre sí
dejando un agujero negro en mi pecho.
No debo exteriorizarlas. Me desespero.
Te sueño.
Deseo tanto que vengas a mí
sin tener que llamarte mucho
sin esforzarme demasiado.
Se honesto, como siempre
pero para siempre,
pues mis esperanzas de ello se alimentan.
Esta es mi confesión más cobarde,
o más valiente -me pregunto-
porque he dado a conocer mi sentir
pero no mis intenciones
de querer abrazarte todos los días
y de comer dulces contigo.